Por: Carlos Maxwell

Me miro en el espejo y no puedo creer que soy el Presidente. El Presidente de esta nación que me vio parir hace más de 30 años.

El Presidente de todos, el mandamás, el jefe supremo de las Fuerzas Armadas y quien ha heredado, cortesía del puesto, un séquito de adulones.

¡Soy el Presidente carajo! El que llegó cuando nadie lo pensaba. Del que todos se burlaban por tener la tan “vil” osadía de ostentar un puesto así.

Me miro en el espejo del baño y me da risa cómo algunos me veneran como si yo fuese la gran cosa. Si yo voy al baño al igual que todos. Si tengo problemas al igual que todos. Si a veces quisiera romper el protocolo y mandar a todo el mundo al carajo, igual que todos.

Me pongo un traje, medias, zapatos, me pongo desodorante, me echo perfume, tomo el desayuno.

Me reúno con un experto en imagen quien me dirá cómo debo de sentarme y hablar en la próxima entrevista; con un experto en discursos quien escribirá el 50 por ciento del próximo. El otro 50 lo escribo yo carajo. Lo que pasa es que él me lo adorna porque yo quiero ser más claro y no puedo.

Los problemas agobian a esta nación difícil de gobernar. ¿Cómo me metí en este maldito lío? ¡Pero soy el Presidente, caramba!

He hecho cambios sustanciales, he sido diferente para bien, he desarrollado pueblos, la economía sigue creciendo y todo funciona en mi gobierno. Bueno, no todo. Pero ahí vamos.

En mi gobierno la corrupción ha sido casi nula, porque todos los ministerios están obligados a reportar cada centavo que gastan y ponerlo en una página web al alcance de todos. No quiero malentendidos. Quiero honestidad y cambiar las cosas. Que la corrupción no sea como antes. Que nadie me moleste cuando yo abandone el poder acusándome de ladrón.

Voy a un acto protocolar idiota, recibo a varios “lambones” o “chupa medias,” hablo con gobernadores para mantenerme al tanto de las ordenes que di (ésos cabrones muchas veces hacen nada) y luego voy a correr al gran parque de la capital donde todos me saludan con cariño y aprecio. Se siente bien ser el Presidente.

Ya me voy a dormir y con el deber cumplido. Tan cumplido que tuve la fuerza de voluntad de decirle a un familiar que no le haría favor alguno. Que soy diferente, que en mi gobierno no hay espacio para el nepotismo.

Que tengan buenas noche mis queridos compatriotas.

¡Caramba! Ya sonó el reloj despertador. Me tengo ir al canal.

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