Fernando está triste. Más triste que un coach sin equipo, que niño sin dulce, que atleta sin gloria.

Fernando no se dio cuenta de su tristeza hasta cuando dejó de estar ocupado. Un día, después de una larga faena y un buen baño de agua caliente; hizo una pausa y el espejo le mostró sus ojos tristes.

Él nunca pensó que estaría así por Nadia. Nadia la rubia, la de los ricos desayunos, la que con solo su sonrisa lo hacía feliz, la que le mostraba sus encantos mientras hacían el amor.

Nadia la terca, de carácter fuerte y vengativa, pero a la vez la dueña de su corazón. Él la quería tal cual. El amor hacia ella aun corre por sus venas. Y él lo siente.

Fernando está triste y solo. Más solo que surfista en Las Vegas, que vegetariano en un rodizio, que James Bond sin pistola. Pero no es la soledad que lo tiene triste. Es el hecho de no tener a Nadia entre sus brazos, dormir con ella, darle cariño, amarla como él quiere. Estar ahí para ella, consentirla, apoyarla, celebrarle sus triunfos, cuidarla, tener una familia con ella, besarla a medio noche mientras la contempla dormir.

Fernando no opina que deben de estar juntos. Él sabe que deben de estarlo. Y tiene razón. Una cosa es opinar y otra cosa es estar seguro y compartir el sentir de la naturaleza. No es resignarse lo que necesita Fernando; es tener a Nadia entre sus brazos y hacerla feliz para toda la vida.