Por: Carlos Maxwell

Llego a la casa. Me quito el traje, me miro al espejo. Me veo sin camisa y noto que soy el mismo gordito de cintura. Observo alrededor de mi habitación. Un reguero enorme. En el buró, diez recibos de restaurantes “baratillos”, cinco de la farmacia que abre 24 horas, otros dos papelitos con números telefónicos anotados y un libro de Paulo Coelho que no termino de leer.

El “Wall Street  Journal” de hace una semana me sigo mirando; como diciendo: “ya termina de leerme”. Al igual que las doce “Esquire” en una de mis mesitas de noche y las veinticinco “Economist” y cinco “Forbes” en la otra.

Todo es un desastre aunque esté limpio. La muchacha de la limpieza, a la misma que le dejo una buena propina por su gran trabajo, se ha encargado de que todo esté impecable. Y aunque me dejó todo organizado hace tres días; yo solito me encargué de echarlo todo a perder en cuanto a organización se refiere.

El desastre en mi habitación es el reflejo de mi vida. Porque llevo dos días sin verte y eso basta para morirme en vida. Eso ha bastado para extrañarte tanto. Eso ha bastado para no comer en todo el día y olvidarme de ir al gimnasio.

Dos días sin verte han bastado, para convertirme en el ser más infeliz, del globo terráqueo.

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