Por: Carlos Maxwell

Mario y José trabajan juntos.  Mario está casado, tiene cuatro hijos, incluyendo al mayor de su esposa de un primer matrimonio. José es soltero. José gana más que Mario. Mario envidia a José.

Mientras José va al evento deportivo más popular de la ciudad, acompañado de una excelsa dama; Mario tendrá que ir a las fuerzas al cumpleaños de su sobrinita que detesta. Y para colmo gastar para un regalo. “Partida de hipócritas”, -le dice Mario a su mujer refiriéndose a los familiares presentes. Ella lo regaña y él calla. Mario es controlado por su mujer. José, sin embargo, vive una vida “relax” y las mujeres caen a sus pies por su caballerosidad, inteligencia y esplendidez. Pero no se deja controlar.

Al momento de tomar vacaciones, Mario va al mismo lugar de siempre. A aquel pueblecito aburrido que queda a 90 millas de la ciudad. A su mujer le gusta. “¿Para qué me casé?”, –se pregunta Mario. Por su parte José, visitará Dubái  con una espigada mulata que conoció en la India.

Mario solo ha salido del país en dos ocasiones. José le ha dado la vuelta al mundo. “Suertudo”, –Piensa Mario. Y es que Mario no tenía intenciones de casarse. Pero su mujer, lo convenció en contra de su voluntad y luego llegaron los hijos. “El matrimonio está sobrevaluado”, -reflexiona José en el piso 160 del Burj Dubai.

Mario sigue envidiando a José. Para calmarse el sentimiento se dice a sí mismo que José es un pobre diablo porque no tiene familia. “¿Quién lo cuidará al envejecer? Es un egoísta, solo piensa en él”, -se dice Mario. José cree que es más egoísta el que piensa en tener hijos solo para que lo cuiden.

Mario envidia a José. Y José cree que Mario es un pendejo, esclavo de la sociedad y sus vicios.