Por: Carlos Maxwell

¿Quién iba pensar que yo iba a morir así? Iba manejando por la principal autopista de la ciudad en la que vivo. Era de noche. Tuve un mal presentimiento. De repente, aquel carro blanco se acercó. El chofer sacó una ametralladora y me disparó. La mayoría de los tiros me perforaron la piel.

Mi  carro americano se salió de control y chocó contra el concreto que divide el “highway”. Ahí se detuvo. Ahí estaba tirado yo. Consciente de que me estaba muriendo. Consciente de que le estaba diciendo adiós a esta vida y de la forma más inesperada.

En esa autopista murieron todos los sueños. El sueño de tener mi propia empresa productora de programas, el sueño de tener un programa de tv en mi país, las intenciones de ayudar a los perros callejeros y el deseo de convertirme en presidente de República Dominicana. Todo quedo ahí. De la manera más extraña. Un tipo me dispara de otro carro y ya está.

Morí  ahí en esa autopista. Morí como un perro sin dueño, en la I-95 sur.