Perdido en contraseñasPor: Carlos Maxwell

Cuando llego al canal, tengo que poner en la computadora mi número de empleado y una contraseña que me da el acceso. Para entrar al sistema donde escribo lo que voy a leer en el “teleprompter”, debo de poner un nombre de usuario y otra contraseña. Para escuchar los mensajes en el teléfono de la oficina, debo de marcar mi extensión, y claro, otro “password”.

A parte del correo electrónico del trabajo, tengo otras siete direcciones de e-mail personal. Todas por supuesto, con sus respectivas contraseñas. Esto, al igual que todas las cuentas de banco e inversión. También tengo contraseñas para chequear por internet las millas que poseo en varias líneas aéreas y las noches de hotel en distintas cadenas.

Para llamar al servicio al cliente de los bancos y hasta para pedir que me arreglen un problema técnico en el trabajo, también necesito contraseñas. Son tantas que muchas veces se me olvidan.

Por seguridad y por precaución, nos hemos vuelto esclavos de los números y letras que nos dan acceso a lo nuestro. Si me pongo a calcular debo de estar manejando alrededor de 20 contraseñas. Obviamente contando aquellas cosas que no manejo todos los días.

No me sorprendería que algún día, las mujeres nos pidan una contraseña, como permiso, para poder besarlas.