Regresar a mi país y sentirme mal por no saber andar en Santiago sede de los juegos. Encontrarme con viejos compañeros de trabajo, con quienes converso sobre los viejos tiempos (muy buenos por cierto). Escuchar a mis familiares quejarse porque tenía dos días en el país y no los había llamado. Recibir un correo electrónico con gente criticando mis reportajes. Cerrar un poco los ojos para ver la pizarra del estadio, pues no veo muy bien de lejos. Comprar pastillas para el dolor de cabeza.
Escribir un correo electrónico para informarle a mis compañeros de trabajo lo que voy a enviar. Compartir con algunos que chismeaban de mí a mis espaldas.
Caminar por todo el estadio buscando gente a quienes entrevistar. Recibir otro e-mail, esta vez positivo sobre mi trabajo. Escuchar al otro lado del teléfono a uno se queja conmigo por algo que yo no tengo la culpa. Pero que él cree que sí, y me incomoda pero no se lo digo. Ver como toda el área de prensa se queda paralizada por aquella periodista “gringa” que entra y sale del lugar con tremendo swing.

Comer disparates en la calle, que saben muy bien por cierto. Evitar la cerveza para no engordar. Ser irrespetado y sentirme impotente por no poder mandar al diablo a quien se me antoje. Dormir en aquel hotel, que aunque limpiecito está bastante oscuro. Comprar más pastillas para el dolor de cabeza. Estar deseoso de mandar reportajes a mí país. Es muy bueno, que después de más de cuatro años de haberme marchado me digan “hola” en la calle. Ver como un periodista me ignora al verme. A veces la gente cree que las cosas te caen del cielo sin saber el trabajo que uno ha pasado por conseguirlas.

Sorprenderme al ver a personas que eran comediantes trabajar ahora en deportes. No importa, pues hacen ambas cosas muy bien. Comprar el libro de un colega que hace mucho me tendió la mano. Sentirme contento de volver a estar en este ambiente que me recuerda mis inicios. Aunque no he terminado, me siento orgulloso del trabajo realizado.
Y ya quiero volver y descansar en mi cama.

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