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30

febrero 18, 2010

Por: Carlos Maxwell

Hace algunos días cumplí 30 años. Sentí un miedo enorme, pues por primera vez en mi vida decir mi edad terminará con la sílaba “ta”. La gran mayoría de las personas que conozco que son mayores que yo, me dicen que esta es una edad perfecta. “Es la edad en la que empiezas a madurar realmente”, -me dicen algunos. “De los 30 a los 35 es la edad más bonita. Es cuando uno se ve mejor”, -me aseguran otros. Y hay hasta quien tiende a decir, que “ahora es que tú vas a gozar”. Bueno, que me definan gozar.

El pensamiento que tengo tras cumplir los 30 es “un tapón de boca” para mí mismo. Pero nada, los humanos tenemos el derecho a ser una ensarta de contradicciones. ¿Por qué no?

Es un “tapón de boca” porque soy y siempre he sido un enemigo de lo calculado. Me explico. Pensar que “ahora seré o soy diferente porque tengo 30” no es un pensamiento ni una afirmación que sería mía. Pero en esta ocasión lo es. Tengo que admitir, aunque quizás sea pura coincidencia, que estoy viendo las cosas con más claridad. O sea mi futuro, viendo hacia dónde quiero ir. A nivel profesional siempre lo he sabido, pero en estos días he descubierto muchas cosas más en mi interioridad.

No quiero decir que justamente el día que cumplí 30 maduré más. Pero la edad asusta y ya uno va mirando las prioridades y en mi caso particular viendo la forma de desarrollar un plan de acción para cumplir mis sueños. Y es que el reloj no se detiene.

Es increíble como a medida que pasan los años uno se da cuenta de lo poco que sabe. A veces uno cree que se está llevando el mundo por delante y que lo sabe todo. Pero en eso, estamos equivocados. Todos los días aprendemos algo nuevo. Por ejemplo, yo hasta me rio de situaciones o cosas que dije días o meses atrás. “¿Cómo dije eso o hice aquello?”, -me he preguntado muchas veces. Y así seguirá siendo. Cosas que hacemos o decimos hoy día, serán cosas de las que nos arrepentiremos o reiremos mañana.

Porque eso es la vida. Hacer camino, dejar huellas, aprender, reír, llorar, hacer, deshacer, etc. Pero con la convicción de que nos podemos equivocar y que nadie es perfecto. Y que la vida, a veces, nos da un “tapón de boca”. Como en mi caso.


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